Disección
La evidencia más flagrante de la desintegración de sí mismo se reveló en el momento menos pensado. La experiencia de la desgracia, fermentada por los años, en su pequeño y ególatra universo, lo convenció de que los trabajos absurdos, pero, sobre todo, las lecturas inconexas, era lo que lo había alejado de su "verdadera" razón para vivir, encadenándolo a los deberes de la supervivencia. Así pues, si bien no podía deslastrarse de los trabajos, decidió comenzar a leer con mejor criterio basado en intereses muy concretos, cuerpos bibliográficos enteros, como un espartano preparándose para una batalla que nunca llegaría.
Sin embargo, la batalla llegó. Y cuando se dio cuenta ya la había perdido sin ofrecer resistencia.
Ya en el tren de regreso, rememorando aquel ansiado reencuentro con un querido profesor, se daba cuenta, trágicamente, una a una, de las frases que le había dicho. ¿Cómo era posible tal nivel de disociación entre los diferentes planos de su propio pensamiento? ¿Cómo había sido posible responder "NADA" a la simple y, a la vez, tan importante pregunta del profesor sobre qué había leído durante los últimos años, a pesar de que su libreta de apuntes se llenaba religiosamente con obras enteras: Stevenson, Ionesco, Molière y Shakespeare? ¿Qué nivel, limítrofe a la esquizofrenia de clase media y al terror infantil, obnubilaba su percepción de la realidad para no mencionar siquiera la cantidad de proyectos de lectura abiertos en ese preciso momento? Rememoró también la mirada devastada de su profesor, que presagiaba un adiós definitivo, el arrepentimiento por un encuentro que, desde ese instante, parecía haberse reconfigurado como una absoluta pérdida de tiempo para él.
El libro que compró especialmente para leer durante ese viaje perdió el interés por completo. ¿De qué servía ahora leer? Lo único que pretendía de la lectura en su vida era que lo sacase de su desgraciada soledad. Definitivamente, el engranaje que debía hacer funcionar su honestidad frente a otros seres humanos parecía roto desde el principio y eso coartaba cualquier tipo conexión, excepto, quizás, algo cercano a la condescendencia. La autoinvención solipsista, el juego de máscaras y, sobre todo, el circo totalitario que era la representación de sí mismo, habían ganado la batalla muchos años atrás y, por lo visto, seguían siendo su única manera de lidiar con cualquier experiencia positiva: segándola de cuajo.

